La mitad sigue con hambre

Por: Angel Mario Ksheratto

Alentador… Pero no por eso, se debe caer en el conformismo o lo peor: desatar las ansias de celebración y se caiga, como tristemente ha sucedido, en declaraciones de triunfalismo que lleva solamente la intención de ensalzar a hombres y gobiernos que no entienden que la lucha contra la pobreza extrema y el hambre, no es cuestión de competencias políticas, sino de retos serios que deben vencerse con trabajo sostenido y proyectos viables.
Lo anterior, porque hace apenas unas horas, la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), dio a conocer que México, junto con once países más, logró avances sustanciales en la erradicación del hambre; es decir, se cumplió con el primer objetivo que es reducir ese flagelo a la mitad.
México cuenta con 53 millones de personas que padecen hambre. De éstos, cerca de veinte millones, no tienen acceso a una alimentación completa diaria. Esto, derivado de la incapacidad económica de los jefes de familia para proveer alimentación adecuada a sus familias.
Once millones de esos 53, están en lo que llamamos pobreza extrema. No tienen ningún ingreso y por lo tanto, su alimentación, cuando la obtienen mediante asistencia social u otras formas, es deficiente nutricionalmente hablando, sin dejar de mencionar la temporalidad. Un estudio reciente, reveló que en México, esos 11 millones de personas, comen dos o tres veces a la semana. El alimento que eventualmente llegan a consumir, consiste en tortillas con sal o chile, frijoles, arroz y agua entubada, no apta para el consumo humano.
Otros datos sobre la pobreza y la pobreza extrema en el país, explican que ocho de cada 10 indígenas, viven en condiciones de miseria absoluta. Aproximadamente, 17 millones de ciudadanos, son indígenas. Chiapas y Oaxaca, son los estados con mayor población indígena, lo que nos ubica como uno de los estados con mayores índices de pobreza extrema, si nos atenemos a cifras ofrecidas por el INEGI y la FAO, cuyos ejecutivos, han recomendado redoblar los esfuerzos institucionales para erradicar por completo el hambre, especialmente en esas zonas.
En ese contexto, debemos esperar de los tres órdenes del gobierno mexicano, una postura sobria ante el anuncio de las Naciones Unidas, puesto que más de 802 millones de personas en todo el mundo, no han sido atendidas por sus respectivos gobiernos en el tema.
Si el primer objetivo del milenio es alcanzar la mitad, estamos hablando de que en el país, 26 millones y medio de habitantes, siguen en pobreza extrema, padeciendo hambre y otras calamidades aparejadas, como la discriminación, el abandono gubernamental y la falta de estructuras adecuadas en materia de salud, educación y servicios primarios.
Por otro lado, debe haber conciencia clara respecto a los logros anunciados por la FAO. Para que la pobreza extrema sea erradicada y exista seguridad alimentaria, necesario es crear, paralelamente, fuentes de empleo u otras formas procedentes para que los hasta ahora beneficiados con parte de los llamados objetivos del milenio, retengan la capacidad de alimentarse.
Conjuntamente, deben fortalecerse programas alimentarios permanentes para garantizar a quienes no tienen nada, la comida suficiente para que puedan sobrevivir su crisis, una crisis que, debemos decirlo, emana de pésimas políticas económicas y financieras de los gobiernos, la corrupción y la torpeza de muchos gobernantes.
Si México ha avanzado en un cincuenta por ciento en la erradicación del hambre, es plausible; pero apropiado será que en lugar de echar las campanas al aire y celebrar torpemente ese logro, se busquen otras alternativas para acelerar el proceso de desarrollo integral de todos los ciudadanos.
El desafío es mayor si se toma en cuenta que, aparte de esos 53 millones de mexicanos en pobreza extrema, las cifras crecen cada día más. La falta de empleo, la preocupante economía y la mala planeación de las finanzas, están haciendo que más mexicanos se queden sin empleo fijo y por lo tanto, expongan a sus familias a una drástica reducción de sus alimentos diarios.
La política debe ser, por tanto, integral. La asistencia social emergente, no soluciona de fondo la crisis. Debemos recordar que por desgracia, los apoyos gubernamentales a las familias pobres, son habitualmente, condicionadas a proyectos político-electorales, lo que no permite equidad en su reparto. Esas prácticas deben ser también erradicadas; de lo contrario, nada servirá para lograr el propósito al cien por ciento.