- Dijo que no da declaraciones; los periodistas le cuestionaron por qué ahora no quiere dar entrevistas y hace algún tiempo sí buscó los reflectores
- Sobre todo, cuando fue corrido de la Jucopo y de hecho la senadora Andrea Chávez también salió en su defensa, en una operación mediática a modo y a nivel nacional
Por Agencias SFAS/Ciudad de México.- Desde su salida de la coordinación del grupo parlamentario de Morena, el senador Adán Augusto López Hernández ha optado por el silencio ante la prensa, más que por la transparencia que exige un servidor público con fuero, lo que alimenta la percepción de que prefiere refugiarse en evasivas que en respuestas claras frente a señalamientos de posible complicidad con bandas como La Barredora.
Al ser interrogado por reporteros sobre si ha sido llamado a declarar por alguno de los casos en los que ha sido señalado, López Hernández respondió con frases lapidarias como “Respeten que a mí no me gusta andar dando declaraciones”, rechazando incluso ofrecer explicaciones elementales a la ciudadanía.
La crítica no es gratuita: su historial político está manchado por decisiones polémicas, entre ellas el nombramiento en 2019 del exsecretario de Seguridad Pública de Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, quien fue capturado en Paraguay y extraditado a México como presunto líder de La Barredora, grupo criminal ligado al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Bermúdez, además de enfrentarse a cargos de asociación delictuosa, extorsión y secuestro, fue funcionario de alto rango bajo la administración de López y posteriormente fue expulsado de Morena tras revelarse sus vínculos criminales.
El problema va más allá de una simple anécdota: investigaciones periodísticas han documentado que no fue sólo un error administrativo, sino una serie de decisiones que abonan a la duda pública sobre la capacidad de López para seleccionar y vigilar a su equipo. Críticos señalan que nombrar a Bermúdez —quien también formó parte del partido y fue expulsado en 2025 por actividades ilícitas— no puede verse como un acto aislado, sino como un síntoma de un estilo de gobierno que convivió con personajes de cuestionable perfil mientras se rehuía rendir cuentas.
Aun así, López Hernández intenta voltear la narrativa: acusa “fuego amigo”, campañas de descrédito y linchamientos mediáticos como si el cuestionamiento legítimo de la prensa fuera una afrenta personal. Pero cuando un político evade respuestas y oculta información detrás de frases evasivas, lo que hace no es protegerse de la difamación, sino alimentar la sospecha de que hay temas incómodos que prefiere no enfrentar públicamente.

