•La inacción de la secretaria de Gobierno, Dulce Rodríguez Ovando, queda bajo la lupa tras el estallido de violencia que ya había sido advertido y que hoy cobra una vida.
Por Pedro Pablo Jaramillo SFAS/
La Trinitaria, Chiapas; 18 de abril de 2026.—La tragedia no fue un accidente, fue consecuencia. Un conflicto agrario anunciado terminó en un enfrentamiento entre campesinos de la comunidad Tzicasco del Refugio, en la zona de La Cañada, dejando un muerto y varios heridos.
Y mientras la violencia se cocinaba, la encargada de la gobernabilidad en Chiapas, Dulce Rodríguez Ovando, simplemente no hizo su trabajo.
Hoy, tras los hechos, las acusaciones arrecian directamente contra la secretaria de Gobierno: omisión, indiferencia y un silencio que muchos ya califican como cómplice. Porque el conflicto no surgió de la nada. Era un problema latente que exigía intervención inmediata, operación política y capacidad de diálogo. Nada de eso ocurrió.
En cambio, la funcionaria ha sido señalada por privilegiar la política de imagen: giras en helicóptero, promoción personal y un discurso de austeridad que se contradice con sus propios actos. Las redes sociales ya la habían exhibido días antes; hoy, la realidad la alcanza de la peor manera.
Un muerto.
Varios heridos.
Y una autoridad ausente.
Lo ocurrido en La Trinitaria es la prueba de que cuando el gobierno falla, la violencia ocupa su lugar. La falta de mediación, la negligencia y la incapacidad para desactivar el conflicto terminaron por encender la mecha.
El silencio de la Secretaría de Gobierno no es estrategia, es encubrimiento político frente a un desastre que pudo evitarse.
Lejos de resolver, Dulce Rodríguez Ovando se ha convertido en un problema para la propia administración estatal. Su falta de oficio político y su evidente desconexión con la realidad de los chiapanecos están costando vidas.
Porque cuando una funcionaria prefiere el reflector al deber, la sangre corre. Y hoy, en Chiapas, esa sangre tiene responsables.
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