•En un país donde informar incomoda, las balas siguen dictando silencio
Por Herlindo García SFAS/Ciudad de Guatemala, 27 de abril de 2026.—
Guatemala vuelve a quedar exhibida ante el mundo: aquí, ser periodista puede costar la vida. Carlos Humberto Caal, “El Chino”, fue ejecutado a balazos en San Cristóbal Verapaz, sumándose a la lista de comunicadores que han sido silenciados en medio de la violencia y la impunidad que nadie logra —o nadie quiere— frenar.
No fue un “hecho aislado”. No fue “mala suerte”. Fue un asesinato. Y punto.
Lo cazaron
El ataque ocurrió a plena luz de la rutina cotidiana, a un costado de una fábrica. Las detonaciones no dejaron lugar a dudas: iban por él.
Vecinos salieron tras escuchar los disparos y lo encontraron tendido, sin vida. Paramédicos solo confirmaron lo que las balas ya habían dictado.
Así de simple. Así de brutal.
Periodismo bajo fuego
Carlos Humberto Caal era periodista. Y en Guatemala, ejercer el periodismo sigue siendo caminar en la línea directa del peligro.
Aquí no se trata solo de delincuencia común. Se trata de un entorno donde informar, denunciar y exhibir intereses oscuros puede convertirte en objetivo.
Porque cuando un periodista cae, no es casualidad: es advertencia.
Un Estado rebasado… o ausente
Este crimen vuelve a poner el dedo en la llaga: la incapacidad —o la falta de voluntad— de las autoridades para garantizar lo más básico, la vida.
La impunidad no es un accidente, es un sistema que permite que los responsables desaparezcan mientras las víctimas se acumulan.
Y mientras no haya detenidos, ni resultados claros, ni justicia real, el mensaje es contundente: matar periodistas sale barato.
Indignación que ya no alcanza
Las condenas públicas sobran. Los discursos también.
Lo que falta es acción.
El gremio periodístico, organizaciones y ciudadanos exigen algo que debería ser automático en cualquier Estado funcional: una investigación seria, sin simulación, sin encubrimientos.
Pero la historia reciente no da razones para confiar.
La verdad bajo amenaza
En Guatemala, la pregunta ya no es si es peligroso ejercer el periodismo. Eso está claro.
La verdadera pregunta es: ¿quién sigue?
Porque cuando las balas callan voces, lo que muere no es solo un periodista… es el derecho de todos a saber.
Y hoy, una vez más, la verdad fue atacada a tiros.

