•En su discurso lo dejó claro la dirigente de Morena: aquí no habrá cabida para corruptos. “El que la haga, que la pague”. La frase caló hondo entre el pueblo de México, especialmente entre los morenistas de a pie, los que han visto cómo oportunistas y reciclados políticos han intentado adueñarse del movimiento.
Por Pedro Pablo Jaramillo
SFAS / Ciudad de México; 05 de mayo de 2026.—
El desprecio fue evidente. Frío. Calculado. Público.
La dirigente nacional de Morena, Ariadne Montiel, lanzó un mensaje que no necesitó nombres, pero sí destinatarios claros. Habló de corrupción con tono firme, sin titubeos, y aunque no señaló directamente, para muchos el mensaje llevaba dedicatoria: los que ya están bajo la lupa, los que figuran en listas negras en manos de los Yanqui, los que han hecho del poder un negocio personal.
Entre ellos, la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama.
El malestar viene creciendo desde las bases. Los morenistas de a pie —los que construyeron el movimiento— observan con enojo cómo han sido desplazados por trepadores políticos: ex priistas, panistas, perredistas, petistas, verde ecologista y aliados de ocasión que encontraron en Morena un refugio para seguir medrando. En esa lista señalan a María Hermelinda Lezama Espinosa, la llamada “jarocha”, ligada al grupo de los llamados “niños verdes”.
Pero el momento más incómodo llegó al final del evento.
Tras concluir la convención, la gobernadora se acercó a Montiel con la intención de tomarse la foto que luego suele presumir como prueba de cercanía y respaldo. No ocurrió así.
Cuando Lezama intentó aproximarse, Ariadne Montiel simplemente volteó, ignoró su presencia y se fundió en un abrazo con otro personaje político, dejando a la mandataria con los brazos extendidos. Un gesto breve, pero demoledor.
El desaire fue evidente.
Acostumbrada a la simulación, Mara Lezama intentó recomponer la escena. Disimuló, fingió demencia y pidió a una persona cercana que tomara la fotografía. Sí hubo imagen, pero llegó tarde, forzada y sin ningún gesto de cercanía. Montiel ya había saludado a quienes consideraba relevantes. A Lezama le tocó el final… y sin abrazo.
Indiferencia total.
El episodio no pasó desapercibido. Entre la militancia, sobre todo la más crítica, el gesto fue interpretado como un mensaje directo: rechazo a la corrupción, distancia con quienes han ensuciado al movimiento.
Y esta vez, el mensaje no necesitó palabras.

